lunes, 18 de junio de 2007

RECORDANDO SIN IRA



Eran aproximadamente las tres y algo más de la tarde. Tarde luminosa. Fresca. Que, por esos caprichos de la naturaleza, se adornaba ese día con cientos de mariposas de diversos colores y tamaños. Recuerdo, especialmente una, muy grande, con una especie de trompa, delgadísima, casi como un hilo, curvada hacia abajo. Su cuerpo, era robusto, listado de negro y rosa oscuro, como si estuviese forrado con una seda muy suave, levemente aterciopelada. Con su trompa delgada y curva libaba en las variadas flores que abrumaban el día con sus vivos colores. Aleteaba vertiginosamente para mantenerse algún tiempo en un mismo lugar, mientras extraía, con experticia, el néctar dulce y espeso de las corolas. Parecía un colibrí. Más que una mariposa parecía un colibrí... Por momentos, descansaba de su agitado vuelo posándose, serena, al borde de una flor. Entonces sus alas, en posición de reposo, daban a su cuerpo una apariencia triangular. Las alas eran casi translúcidas, del color de la arena y en el centro de cada una de ellas un óvalo negro, circundado por un aro del mismo tono. Parecían dos inmensos ojos, fijos y escrutadores, los cuales, en una tarde menos soleada y brillante habrían podido causar sensaciones de temor o recelo.

El Azahar de la India florecía con obsenidad y la brisa acariciaba suavemente las flores en ramilletes, esparciendo su delicado aroma por toda el área del jardín. El magnolio ofrecía a la vista y al olfato tres espléndidas flores, como de gamuza blanquísima, acosadas por decenas de abejitas negras, de esas que sienten inclinación a posarse en los cabellos y quedarse allí, pegadas.

Aunque estaba en la sombra, cómodamente reclinada en el tronco del cerecito, el resplandor me obligaba a entrecerrar los ojos captando el entorno de manera algo distorcionada. Sentí que una somnolencia se iba apoderando de mi cuerpo y de mi mente y tuve la sensación de que aquél se iba haciendo lene, feble, tan ingrávido que creí flotar... El sentimiento de ingravidez permaneció varios segundos, tal vez un minuto y fue desapareciendo sin brusquedades, lentamente... pero no me abandonó del todo. Me quedé quieta, como en una duermevela y mi mente, sosegada, se internó suavemente por las ignotas veredas del tiempo: Hacia un tiempo hace tiempo olvidado... llenándose de imágenes que una vez existieron.


Viajando a la inversa, rememoré situaciones y personas abandonadas hace mucho por la memoria, esa pícara dama, amiga de gastar bromas y producir sorpresas cuando menos uno se lo espera. En esos momentos memoriosos, era impepinable la presencia de mi abuela. Con aquellos enormes ojazos azules, casi marinos, que fueron empalideciendo con el tiempo hasta hacerse, ya al final de sus días, de un celeste muy suave. Y, por supuesto, a su lado no podía estar nadie más que yo. Ella, intentando atar al rebelde cabello, lacio e intensamente negro, un inmenso lazo de tafetán muaré, a cuadros escoceses, en cuyas líneas cruzadas se mezclaban viva y armoniosamente el verde, el rojo, el amarillo y el azul intenso. El lazo, cuyo tamaño no guardaba proporción alguna con mi cabeza, se mantenía en ella, firme, cual enorme mariposa de alas refulgentes, solamente unos minutos. Aquellos durante los cuales yo permanecía quieta, disfrutando de los mimos de mi abuela. Mas, al iniciar la retirada hacia mi mundo infantil, hasta mis juegos o mis lugares favoritos, el lazo se deslizaba, silencioso, por el mechón de pelo que le servía de soporte, hasta tocar el suelo, o tal vez caer en un charco y ser pisoteado por mis pequeños pies.



No sé si me quedé dormida... Es posible que por breves momentos. Los recuerdos continuaron emergiendo sin orden ni concierto, desparramados por la mente como hojas que el viento lanza en remolinos de un lado a otro y, de pronto, se quedan atascadas en algún muro o en cualquier obstáculo en su trayecto. Así, algunos episodios afloran permitiendo a la conciencia aprehenderlos por unos cuantos minutos. Recordé, entonces, cuando aquel muchacho, casi adolescente, irrumpió con violencia en mi fiesta de cumpleaños (creo que el sexto) y arrancó de un tirón la piñata, ya vacía, que todavía pendía del techo del portal [corredor]; y, asiéndola con las dos manos la colocó sobre su cabeza a modo de sombrero y salió hacia la calle tan rápidamente como había entrado, pero gritaba: -¡Esta piñata es mía!!!! Ya mi boca se había abierto hasta un extremo inimaginable y por ella salían los alaridos, que no de otra manera se podía calificar al llanto incontenible que, mi madre, sorprendida por la inesperada actitud del jovencito y angustiada por mi propia angustia, trataba de calmar. Me causó gracia recordar a mi madre que iba de un lado a otro, como una gallina atolondrada, sin saber qué era mejor: si perseguir al ladronzuelo o quedarse a mi lado consolándome. Reí de buena gana al revivir el incidente. Y más gracia aún me produjo rememorar el rencor anidado en mi infantil corazón, que me hacía elucubrar escenas donde yo, cual dama vengadora, iba en pos del osado ladrón de mi piñata para infligirle un merecido castigo. Ciertamente, evoqué la escena, una de las que con más frecuencia revivo, pero no puedo traer a la memoria el nombre ni los rasgos del abusador. Por fortuna su acción, imperdonable para aquel entonces, lejos de producirme congoja me resulta divertida a la luz de estos días.

Don Juan MATUS, el brujo protagonists de la obra de Carlos CASTANEDA, aconsejaba siempre a éste, con reiterada intención, que para llegar a ser un hombre de conocimiento había que, en forma definitiva, borrar la historia personal. Es decir, para nuestra salud espiritual, entiendo yo, es conveniente alejar de nuestra mente los recuerdos añosos o, al menos, no detenerse demasiado en ellos, toda vez que tal costumbre nos ancla en el pasado y, como si arrastráramos un pesado fardo, no nos deja avanzar con fluidez en el camino que va en busca de la inalcanzable, aunque siempre perseguida, perfección.


Tal vez por eso, he querido trasladar hoy a este lugar esas dos anécdotas de mi niñez, ya tan lejana. Traducirlas a palabras me permite dejarlas aquí, como quien olvida una maleta a la orilla de una andén, al abordar apresuradamente un coche que nos alejará del lugar: Desprendimiento de lo sido para centrarnos en lo que es y no intentar siquiera vislumbrar lo que será, por aquella terrible sentencia creada y difundida por un muy estimado amigo blogósfero: las personas de cierta edad no tenemos futuro.



Como la mente es en muchas oportunidades, indomable, intentaré ir despojándome de esas reminiscencias, buenas, regulares y casi malas, a medida que vayan aflorando. Si me es posible y resulta conveniente para este mundo virtual, las abandonaré en él... tal vez esas remembranzas cobren vida independiente e inicien caminos tan ignotos e indescifrables como el tiempo mismo, lejos de quien, una vez, les dio vida.


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8 comentarios:

muxica dijo...

Precioso texto. ¿Que importa el futuro, Quien lo tiene? Lo único que tenemos es el presente y el pasado como bien dices, ya no es nuestro.
Un fuerte abrazo

Alichín dijo...

Muxica amiga: Tú, la de la hermosa poesía rinde honor a mis humildes letras. Eso me enorgullese y me sirve de acicate para continuar, a pesar de los contratiempos técnicos. Lo importante es que las palabras nos sirven de puente entre gente tan gentil y maravillosa como tú. Un fuerte abrazo y un beso

Genín dijo...

Hola alichín, por aquí dando una vueltecita por tu jardín, disfrutando de él y de tu narrativa, excelente, por otro lado.
Aquel desvergonzado que se puso la piñata por montera, pude haber sido yo...jajaja Era muy travieso de niño...Y no tan niño...
Sabes que yo si creo, que el pasado, el presente y el cortito futuro que tengamos, es muy nuestro, necesitamos que sea nuestro y nos pertenece ya por siempre...Porque los tres son necearios para aliñar la vida que nos quede...
Una ensalada no estaria sabrosa sin poderla aliñar con varios ingredientes ¿Verdad? El vinagre, el aceite, el limón, la sal, cuando menos estos, son necesarios para que resulte apetitosa...¿No crees?
Por otro lado, nuestros relatos, el mismo, escrito en diferentes dias, tendria tintes diversos, nunca los mismos, según nuestro estado de ánimo...
De ahí, que hoy, en una tarde de Primavera preciosa, al atardecer, casi a punto de anochecer, regresando de mi caminata diaria, en los colores de la puesta de sol, creí ver un tenue y corto futuro, pero intenso, pleno de paz...Tu sabes que hay un dicho venezolano: "Como no soy rio, me puedo volver atrás"...jajaja
No es que cambie de opinión, pero no se debe perder la esperanza...Mañana, es futuro.
Usted, se me cuida, se gasta la plata que sea necesaria en usted, para seguir en plena forma...Por favor...Un beso, mi doña y mucha salud, Genín.

Alichín dijo...

Ah! Mi buen amigo... ¡Qué gratificante encontrarte en mi jardín, filosofando de manera tan acertada y... ¡Claro que tenemos futuro! Corto o largo ¡Qué más da! Yo, todavía tengo un proyecto de vida ¿Podré cumplirlo? Tal vez sí... Tal vez no... Tal vez a medias... Mientras lo pongo en práctica estoy dando vida e interés a mis años.Continúa disfrutando de tus atardeceres... Un fuerte abrazo. Se te quiere bien

Alichín dijo...

Genín: Hoy, a media mañana, repasando blogs y comentarios me topé con el tuyo de ayer y destaco esta frase: "No es que cambie de opinión". No es algo incoveniente ese cambio, al contrario. En tu descarga me adhiero al dictámen de nuestro conocido político Teodoro Petkoff, quien hace poco sentenció: "Sólo los estúpidos no cambian de opinión". En efecto, la vida nos enfrenta a muchas y muy diversas circunstancias y éstas, como es lógico, influyen y a veces determinan nuestros pareceres. Ello implica mudar de puntos de vista, es decir, producir nuevas ideas, lo cual rejuvenece el espíritu ¡Que no se arruga! Jajaja...Un fuerte abrazo...

Rosa dijo...

Yo creo que lo bueno de recordar el pasado es que uno puede ser selectivo y pensar solo en las cosas buenas que se vivieron, de las malas sacar la experiencia, aprender y dejarlas atras, el presente disfrutarlo al maximo y estar expectante por el futuro, imaginandolo.

TintaRoja dijo...

un texto sobrecogedor
a mi me gusta tal cual es

Alichín dijo...

Rosa: Ciertamente, se puede ser selectivo, aunque no siempre, pienso, porque la mente a veces nos hace jugarretas y nos envía hacia momentos no tan gratos. Lo importante es poder calibrarlos en su justa medida y no amargarnos por circunstancias inevitables. Al fin y al cabo, son la sal de la vida, porque éste llena de puros buenos resulta medio aburrida ¿No crees?. Gracias por tu visita y tu consecuencia. Un fuerte abrazo.

Hola! Tintaroja, bienvenido(a). Agradezco tu visita y tu breve comentario. La modificación no se refiere al contenido, sino al aspecto que no quedó muy estético que se diga. Gracias de nuevo. Te visitaré pronto y te espero de vuelta. Un fuerte abrazo.