
Entró en el almacén de manera despreocupada; no llevaba en mente compra alguna, solo curiosear y dejar a la casualidad el acto de adquirir alguna mercadería. Lejos también de sus pensares el encuentro con alguien conocido, considerando que su paso por la tienda no era otra cosa más que el acto de una turista aprovechando sus últimas horas de permanencia en el lugar. Aunque estaba en calma, un leve cosquilleo comenzaba a manifestarse a la altura del estómago, acentuándose a medida que se acercaba la hora de la partida. Partir significaba regreso; volver a donde no quería, al lugar donde nada grato la esperaba. En su caminata solitaria por las calles de la ciudad turística y alegre, su mente volaba hacia situaciones imaginarias que la liberaban de la obligada permanencia en el lugar a donde no deseaba regresar. Se contemplaba arrastrando su Carrión hacia la plaza contigua a la Catedral, observando el ir y venir de las palomas acostumbradas a los transeúntes que, eventualmente, les lanzaban comida. Se veía sentándose calmadamente en uno de los bancos, abandonando el maletín a un lado. Dejaba transcurrir el tiempo sin apremios, suavemente… De vez en cuando, echaba una rápida mirada a su reloj pulsera, constatando cada vez que su tiempo se agotaba y debía emprender el rumbo hacia el aeropuerto. No parecía dar importancia a nada. Finalmente una amplia sonrisa de satisfacción ocupaba su rostro aún atractivo. Dio un último vistazo al reloj que marcaba, severo, la hora justa de embarque. Sí, en ese momento la voz monótona del aeropuerto alertaría a los pasajeros que era la última llamada ante el embarque inminente; escuchaba que los altavoces repetían su nombre y que, finalmente, indicaban que el coche nocturno se disponía a partir… Mientras, ella, serena y silenciosa celebraba en su fuero interno, con alborozo, la decisión improvisada que la mantendría alejada para siempre de una realidad aciaga.

Comenzó a registrar, sin entusiasmo, la ropa colocada en los grandes mesones, clasificada por tipo de prenda y color. Al levantar una blusa de seda blanca su mirada se desvió hacia una figura femenina que, en otra mesa, también hurgaba la ropa, de espaldas a ella. Sintió una punzada en el pecho y un frío comenzó a circular por su cuerpo. Sin duda era ella, su media hermana, de quien se había separado hacía tantos años. Sintió un temor incontenible y, no obstante, no podía quitar los ojos de la figura femenina, cuyo pelo recogido en la nuca le aseguraba que se trataba de la persona que menos quería encontrar en esos momentos. Quiso echar a correr desenfrenada para poner distancia entre ambas, para que la otra no llegara a notar su presencia. En cambio, permaneció clavada en el sitio como si una enorme fuerza le impidiera el movimiento. La otra mujer, sintiendo tal vez el peso de su mirada giró bruscamente. Sus ojos, ocultos tras los anteojos de sol se clavaron en los serenos y azules de su hermana cuyo rostro no denotó ningún sentimiento. Con voz pausada dijo:
-¡Vaya, finalmente volvemos a vernos! Sabía que iba a ser así aunque no pensé que sería hoy ni en este lugar- No hizo ningún gesto y ella quedó muda, con los labios entreabiertos como para decir algo. La otra sin cambiar su rostro inexpresivo levantó los brazos y los extendió hacia ella en un gesto amigable, incitando al abrazo; la mirada se hizo dulcísima y una amplia sonrisa dio a su faz una luminosidad inesperada, volvió a ser la hermana amada y amante…
-¡Soy tan infeliz1- casi gritó y se lanzo con violencia hacia la otra estrechándola con fuerza..
-No será más así- dijo con suavidad su hermana. Vuelve a nosotros y el tiempo hará el resto… Aquí se te quiere bien y tú lo sabes. No tienes por qué volver.
Tomadas por la cintura salieron de la tienda y emprendieron la marcha , sin rumbo fijo, por la amplia e iluminada avenida. Caminaron en silencio disfrutándose. Atardecía, el cielo iba tiñéndose con el arrebol y, a trechos, algunas pocas nubes oscuras unidas al rosa, se tornaban de un hermoso color lila intenso. La noche fue cayendo silenciosa y oscura opacando la alegría de los tonos celestiales y a las dos figuras entrelazadas que, sin hablar intercambiaban el afecto a través de sus cuerpos. Mientras, en el aeropuerto, una voz monótona anunciaba la partida del vuelo 715, apremiando a los pasajeros a abordar el avión por la puerta número nueve.

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