
Callarse no es quedarse mudo, es resistirse a hablar y,
por eso, hablar todavía. J. P. SARTRE
Nótese: Escribo el silencio, que no silencio. Porque el silencio es una de las tantas maneras de decir. De allí, que existan los gritos del silencio, los mensajes del silencio y, lo que es más significativo, una retórica del silencio, expresión aparentemente paradójica. El silencio acompañado de letreros, de escritura, no es tal. O, al menos, lo es a medias. No es silencio absoluto. Aquel donde no se emite ningún sonido ni se transmite ninguna idea.
Esto último, tampoco es totalmente cierto pues, en la ausencia de sonido (de palabra sonora) puede encerrarse un mensaje, a veces más elocuente que cualquier discurso encendido e incendiario. Así, podemos hablar de la elocuencia del silencio. En el campo de las relaciones cotidianas entre seres humanos, la comunicación es indispensable para que tales relaciones se desarrollen de manera correcta. Una adecuada y oportuna comunicación entre personas, o grupo de ellas, que comparten algún interés, bien sea familiar, laboral, religioso, político o de cualquier otra índole, garantiza la interacción positiva y fructífera de todos. Esa comunicación se efectúa, mayormente, a través de la palabra dicha. Es la comunicación oral. Cuando aquélla cesa, la comunicación se interrumpe. Eso, a simple vista. Pero ¿En realidad se interrumpe? Posiblemente no. Porque al callar sigo hablando todavía. Popularmente y desde hace mucho se ha afirmado que el que calla, otorga. Es decir, cuando ante una pregunta opongo el silencio, quiero decir sí, estoy asintiendo. No obstante, en la mayoría de los casos tal conseja no es verdadera. En el silencio contestatario, en la protesta silenciosa, el no decir significa todo lo contrario: es adversar una situación o, simplemente, negar, decir no.
En efecto, a veces, la falta de palabras, la ausencia de habla, es decir, el silencio, puede ser más ofensivo o contundente que cualquier insulto producto de una situación emocional que se desborda. Y, cuando el silencio es una opción y no una imposición, puede decir mucho más que el mensaje vocalizado. El silencio puede ayudarse con el lenguaje gestual: una mirada, una mueca, una postura. En situaciones coercitivas donde el hablar puede significar un peligro para quien lo emite, el lenguaje gestual se transforma, por consenso, en un código inteligible para los interesados. Se comenta que en las cárceles y en la Cuba de hoy, donde cualquiera puede ser un delator, las personas hablan por señas. Gestos que deben ser casi imperceptibles y perfectamente disimulados para evitar que en ellos vaya implícita una delación.
Esperemos, con esa esperanza que es lo último que se pierde, que los venezolanos no nos veamos obligados a utilizar el lenguaje de la mudez, o a emplear señales de humo u otro tipo de código. Por lo vivido en los últimos tiempos (y no digo días) vamos a ese despeñadero pues, como afirma Öscar LUCIEN ...sin medios de comunicación libres no hay democracia*. Y ya son pocos los que nos van quedando...
El diario El Carabobeño, de Valencia, en un gesto creativo de valentía periodística empleó de modo muy inteligente el recurso del silencio elocuente: Sus primera y última páginas, de la edición del 1º de junio, aparecieron totalmente en blanco, simbolizando en el lenguaje escrito el correspondiente a la ausencia de voz en el oral. Fue un grito, una campanada para los lectores. Tal vez más eficaz que cualquier frase emotiva-apelativa.
____________
* Como tirano TVes. En: El Nacional. Caracas, 1º-06-07. Cuerpo Nación p.15.