jueves, 8 de noviembre de 2007

NUNCA UN ¡COÑO! FUE MEJOR EMPLEADO


Imagen tomada de talcualdigital.com

Como todos los días venía de regreso de entregar a mi nieto en su colegio y, también como todos los días, oía el programa de Idania CHIRINOS por la emisora Unión Radio. La periodista comenta los acontecimientos de ayer en la Universidad Central de Venezuela, específicamente en la Escuela de Trabajo Social. Para ahondar en los hechos conecta telefónicamente al profesor Adolfo HERRERA, Director de la Escuela de Comunicación Social, aledaña a la primera de las nombradas.

Al iniciar la entrevista Idania pregunta al Prof. HERRERA el por qué, a su juicio, fue atacada específicamente la Escuela de Trabajo Social por un numeroso grupo de motorizados armados. Explicó el profesor que la comunidad de esa Escuela afecta al Presidente CHÁVEZ, había perdido las elecciones y la nueva Directora quien es una persona de índole democrática, independiente, había ejercido sus funciones impidiendo que la Escuela continuara siendo refugio de quienes agredían a estudiantes e instalaciones de la Universidad como respuesta a las posiciones contrarias a la política adelantada por el jefe del gobierno. Preguntó además la periodista cómo era posible que un contingente tal de motorizados entrara a la Universidad sin ningún impedimento. Responde el docente que por ser la Universidad una institución democrática se permite el ingreso de muchas personas a sus instalaciones, incluso turistas que van en busca de las distintas obras de arte, especialmente la contemplación de las nubes de CALDER y destaca la importancia de nuestra institución universitaria como Patrimonio Cultural de la Humanidad. Continúa el docente explicando los acontecimientos y de cómo fueron agredidos varios estudiantes. De pronto, se hace silencio. El profesor calla. Entendí de inmediato qué sucedía y mis ojos, solidarios con el colega, se humedecieron. En efecto, ahogado por el llanto el profesor HERRERA no podía continuar. La periodista insiste: -Aló, Profesor. Surge una voz de varón, enronquecida por las lágrimas. Lágrimas de dolor, de ira y de impotencia. Y esa voz grita: ¡COÑO! No hubo pitico sensor. No pude captar con claridad qué continuó diciendo, pero fue algo así como que no podía evitar recordar la imagen del rostro ensangrentado de un estudiante, herido a mansalva por uno de los motorizados. Y todavía entre sollozos repitió el ¡COÑO! catártico. –“Entiendo- dice Idania –Entiendo su emoción profesor HERRERA. No pude escuchar con claridad nada más. Junto a Adolfo HERRERA, yo lloraba también, emocionada con su emoción, solidaria con su llanto porque como a él me duelen MI UNIVERSIDAD y esos valientes estudiantes quienes, gallardamente, desde hace ya varios días defienden la democracia y la libertad de Venezuela a lo largo y ancho del país. Después de dos décadas de silencio (ha apuntado alguna persona) los estudiantes se hacen oír con hidalguía, ante el mundo.

¡Gracias, Profesor HERRERA! Gracias por su llanto. Viriles lágrimas de hombre que no desmaya en la lucha por la reconquista de la libertad perdida. ¡NUNCA UN COÑO FUE MEJOR Y MÁS HERMOSAMENTE EMPLEADO!



Imagen tomada de eluniversal.com


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"SI UN TIRANO ES UN SOLO HOMBRE Y SUS SÚBDITOS SON MUCHOS ¿POR QUÉ CONSIENTEN ELLOS SU PROPIA ESCLAVITUD?"
Étienne de la Boétie (1530-1563).










martes, 6 de noviembre de 2007

CENIZAS CANDENTES *

* La idea del relato que va a continuación surgió de un comentario que me dejó mi amigo Genín (http://miherenciablogspot.blogspot.com/) en mi casita del ciberespacio. De allí que seamos corresponsables por el resultado (Esto seguramente no le va a gustar mucho a Geni -shstshst...-






Testigo de su propia incineración desde la ignota altura, sintió un ligero escalofrío recorrerle el punto focal de su espalda. Se vio alongarse hacia lo abismal hasta tocar las cenizas. Introdujo sus manos friolentas en ellas, como hundiéndolas en la tibieza de la arena en una playa solitaria. Hubo de retirarlas con presteza pues las cenizas ardían todavía. Se miró con asombro las manos enrojecidas. Las observó con detenimiento mientras soportaba la incomodidad de un ardor que se acentuaba por momentos. -¡Se me están quemando las manos!- pensó espantado. Permaneció caviloso. No sabía explicarse que le sucedía, pero sentía que era algo absurdo e ingente al mismo tiempo. De pronto exclamó: -¡Claro! ¡Me estoy quemando con mis propias cenizas! ¡Me re-quemo! Y esto podría ser un proceso infinito. Me vuelvo cenizas otra vez. Me observo e introduzco mis manos en mis propios escombros incandescentes y vuelvo a quemarme… Y así, una vez y otra, sin término. ¿Es esto acaso el Averno? ¿Estoy condenado a purgar mis culpas de esta horrible manera?

Se despertó sudoroso. Necesitó algunos segundos para tomar conciencia del lugar donde se hallaba. Rememoró el sueño y se sintió intranquilo por la frecuencia de las pesadillas. Si bien sus sueños no eran recurrentes, hasta el momento, si le resultaban angustiosos ya que cada vez dejaban atrás la placidez y se tornaban mortificantes. Particularmente el que acababa de tener lo impresionó como ningún otro en tanto que planteaba una idea que muchas veces le había resultado atractiva para algún relato. No sabía si lo fantasioso de sus cuentos iba anidando en el subconsciente para luego aflorar en forma de pesadilla. Lo cierto era que al día siguiente de haber soñado con situaciones penosas o simplemente desagradables le costaba retomar su rutina con naturalidad. Los sueños estaban afectando su vida cotidiana. Por otra parte, una natural desconfianza hacia psiquiatras y psicólogos le impedía buscar ayuda profesional mientras su existencia se iba tornando cada vez más caótica. Cada día producía menos. Una especie de abulia lo dominaba entorpeciendo su disposición hacia el trabajo que siempre lo había acompañado.
Con el tiempo comenzó a tener temor de dormirse, a tal grado habían llegado la frecuencia y duración de las pesadillas. La escena de las propias cenizas se repetía ahora cada vez más aunque con algunas variantes. Comenzó a ingerir pastillas para mantener la vigilia, sin poder aprovechar ésta para el trabajo. Si bien el medicamento lo mantenía despierto, no le proporcionaba energías para la creación. El desvelo también comenzó a hacerse insoportable. Su mente despierta comenzó a embotarse y los ensueños fueron surgiendo progresivamente durante el insomnio artificial. Buscó en el alcohol un posible remedio. Retomó la costumbre de fumar, abandonada hacía varios años. En lugar de encontrar remedio, el humo del cigarrillo, los vapores del licor y el efecto de las pastillas conformaron una amalgama intoxicante que se volvió en su contra. Los sueños y las pesadillas se tornaron alucinaciones: se miraba a sí mismo revolcarse enloquecido en un montón de cenizas candentes, en tanto que los glaciares rayos lunares se le antojaban antorchas incandescentes, persiguiéndolo como perros furiosos.

Otra vez, alcanzada una especie de duermevela, vivió una nueva escena aterradora: de una gigantesca máquina mezcladora salían inmensos chorros de cenizas que caían sobre él, amarrado a su silla de escritorio sin poder huir… gritó desesperado y las cenizas penetraron en su boca quemando su lengua y traspasando su garganta hasta llegar, finalmente, al estómago. En el trayecto, el ardiente polvo iba corroyendo todo su organismo produciéndole un insoportable dolor. Se despertó aterrado y buscó la botella de licor en un intento por borrar la terrible escena del sueño… sentía hambre pero no tenía deseos de comer. El licor le resultaba amargo y quemante. Sintió que le ardía la garganta. No supo si era efecto del licor o del sueño. Pretendió escribir la experiencia onírica, pero sus manos y su mente embotada se negaron a secundarlo.
Una noche, mientras fumaba el décimo cigarrillo del día y consumía otro vaso de licor lo venció cansancio, o la borrachera, y se quedó dormido con un sueño intranquilo, desasosegado. Se repitió la escena donde se veía contemplando desde lo alto sus propias cenizas quemarse y de nuevo introducía sus manos en ellas, casi incandescentes. Sintió un terrible ardor y percibió un leve olor a carne chamuscada. Exhaló un grito terrible mientras abría los ojos para mirarse rodeado de llamas que se elevaban hasta el techo, como una inmensa hoguera en el vivac. El fuego hacía presa de las persianas de madera, de la colcha, de él mismo. Quiso huir y no encontró salida. Las llamas lo envolvieron totalmente. Sintió un terrible dolor. Trató de protegerse el rostro con los brazos y continuó gritando, gritando, gritando… hasta que el grito se convirtió en gemido y éste fue extinguiéndose progresivamente...

El Diario de la Mañana recogió la infausta noticia: “El famoso escritor A. D. M. falleció carbonizado en su residencia la noche anterior. Las autoridades manejan diferentes hipótesis como posibles causas del incendio”.
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Imagen tomada de Google.

miércoles, 31 de octubre de 2007

DEL VIEJO ARCÓN DE LOS RECUERDOS VII


O N Í R I C O
Pienso... Siento...
Quiero expresar
y
la palabra estrecha el sentimiento...
Fiebre en la frente... frío en las rodillas...
bajo la lengua, acíbar...
Relojes dalineanos gotean en mis sueños;
aceras rizadas caminan sobre mis pies,
llevándome al paraje donde duerme la aurora.
Un sinfín de cosas me da la bienvenida:
un pez salta en las ramas de un árbol gigantesco;
las hierbas ofrecen sus raíces al extremo del tallo;
los capullos se abren bajo un suelo
transparente y opaco.
Un esqueleto y un hombre contraen nupcias.
La aurora se despierta y llora... Guardo silencio...
Espero una catástrofe surgida de una grieta del cielo.
Bajo el suelo, las rosas han dormido sus pétalos...
Alguien grita, pero hay silencio...
La niebla se va abriendo, como un queso...
y de sus agujeros
sale la niña de la túnica verde...
y me ofrece una flor...
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De: Versos de cualquier hora (ç). 1994.
Imagen tomada de Google.

sábado, 27 de octubre de 2007

EL HOMBRE DE LA ESQUINA



Una luminosa mañana de principios de diciembre, sin presentir que la vida le tenía preparada una sorpresa, la mujer se encaminó en su vehículo, después de dejar los niños en el colegio, hacia El Café de la Esquina Azul, situado a escasos diez minutos de viaje. Como todos los días entre lunes y viernes allí se encontraría con las mamás de los compañeritos de sus hijos para compartir un agradable desayuno. Intercambiaban experiencias con los niños, discutían sobre sus avances escolares; coloreaban la conversación con uno que otro comentario sobre alguna amiga ausente, los recientes acontecimientos de la localidad, en fin, nunca faltó algo interesante para ellas sobre lo cual centrar la plática, siempre amena. Algunas veces se incluía uno o varios de los esposos y entonces la charla giraba sobre temas políticos y deportivos.

Llegó temprano, nadie ocupaba la mesa habitual, la luz del sol penetraba casi hasta la mitad del recinto iluminándolo y proporcionándole una agradable calidez. Pidió un café para entretener la espera y el diario matutino. El ruido de unas fuertes pisadas la hizo levantar la vista de la lectura. Entonces lo vio. Entraba decidido hacia el mostrador y con acento amistoso saludó a la dependienta ordenando café y pasteles. Colocó el pulido zapato sobre el brillante apoya pie y giró el torso hacia la mujer que rápidamente tornó sus ojos a la lectura. Unos segundos después volvió a subir la vista y su mirada se cruzó con la del hombre, que la observaba fijamente con admiración. Fue el cruce de dos rayos, violentos, apasionados y silenciosos. Una sonrisa casi imperceptible distendió los atractivos labios del hombre, ataviado con un elegante atuendo deportivo e hizo una también imperceptible inclinación de cabeza a modo de homenaje hacia la hermosa joven que de igual manera lo miraba con fijeza. Fue un asunto de segundos. La mujer sintió que un ligero escalofrío recorría su espalda y antes de que el gesto delator apareciera bajó de nuevo los ojos hacia la lectura y se enfrascó en ella con el ánimo perturbado.


Para su ventura las amigas fueron llegando casi simultáneamente. La conversación entre ellas se generalizó y la mujer pudo recobrar la serenidad integrándose a los comentarios. El hombre permaneció junto al mostrador sólo el tiempo justo para consumir, sin prisa, el frugal desayuno; pagó a la cajera y antes de retirarse buscó la mirada de la mujer, quien, de vez en cuando, la dirigía con naturalidad hacia él. Hizo de nuevo una leve inclinación de cabeza y esta vez sonrió sin disimulo mostrando una hilera perfecta de dientes blanquísimos. Ella sonrió sólo con la mirada que mantuvo fija en el hombre hasta que éste desapareció hacia la calle.
En el trayecto hasta su oficina no pudo quitar de su mente la imagen del atractivo hombre. Sonrió para sí recordando cada uno de los rasgos que pudo advertir en el rápido encuentro. Su imagen la acompañó todo el día hasta el regreso a casa, donde la atención de los niños y del marido condujeron su mente hacia la realidad de su vida.

Durante los días siguientes el hombre regresó al Café de la Esquina Azul. Se ubicaba en una mesa estratégicamente situada frente a la de las mujeres. Ella procuró no dar nunca la espalda. El diálogo silencioso y el combate de miradas intensas se hizo habitual. Ella, hábilmente, sorteaba el mudo escarceo ante la mirada de las amigas quienes, aparentemente, no habían notado nada.

Cada día vivido la imagen del hombre ocupaba por más tiempo los pensamientos femeninos. Pensaba en él a toda hora. Sentía un extraño calor recorrerle el cuerpo cuando rememoraba la atractiva figura masculina y una deliciosa sensación de felicidad la invadía. Sintió miedo. Se vio claudicando ante ese extraño sentimiento. Se imaginó en un paraje solitario corriendo hacia él quien la esperaba con los brazos extendidos y se fundían en un apretado abrazo. Sin hablarse, se buscaban sus bocas en un apasionado y prolongado beso y al separarse sus labios él la besaba luego en los ojos, en el rostro todo… Sacudió con violencia la cabeza para espantar los pensamientos mas, la imagen del hombre permaneció ante ella durante todo el día. Por la noche, al quedarse dormida soñó que viajaban juntos en un pequeño bote y, abrazados, remaban hasta una playa solitaria. Los largos besos se sucedían uno tras otro. Luego, se vio de nuevo en el Café al cual entraban tomados de la mano. Allí se disolvió su sueño que se había tornado intranquilo. Despertó sobresaltada, aunque con una sensación de plenitud y anhelo que hacía tiempo no sentía. Respiraba con fuerza como para acallar los latidos exacerbados de su corazón. Esos sueños locos se repitieron casi todas las noches.

Pasaron algo más de dos semanas durante las cuales todos los días laborables el hombre acudió a la silenciosa cita sin traspasar nunca los límites de las miradas. Un día, en la ciudad, al entrar a un centro comercial al volante de su coche se cruzó con el hombre que iba en sentido contrario, ambos disminuyeron la velocidad de sus autos y se miraron con intensidad. Los dos sonrieron , abiertamente. Y cada uno siguió su camino, sin más. Era viernes por la tarde. Durante el fin de semana los pensamientos de la mujer volaban hacia el hombre a cada instante. Se sentía eufórica e inmensamente feliz. Entonces se preguntó: -¿Estoy enamorada de ese hombre de quien no sé ni siquiera su nombre? ¿Lo amo? ¿O es solamente deseo? ¿Seré capaz de ser infiel a mi esposo? Era una circunstancia que nunca había contemplado. Se consideraba una persona leal. No tuvo respuesta para esas interrogantes… quedaron allí, colgadas en su mente como piezas de ropa que se secan al sol.

El lunes siguiente debía ir a una conferencia y se arregló con especial cuidado. Su marido la acompañaba. Se sentía hermosa, atractiva y segura de sí misma. Dejaron los niños y se encaminaron al Café de la Esquina Azul. El grupo estaba casi completo. El hombre ocupaba el lugar de costumbre. Ellos permanecieron de pie. El hombre la miró con fijeza y la habitual inclinación de cabeza se hizo evidente, los labios sonrieron con decisión. Ella se sintió desfallecer, creyó estallar de alegría y terror al mismo tiempo. Lo miró…con tristeza… dirigió su vista hacia el marido y se acercó a él hasta casi rozarlo. Colocó su mano sobre el hombro e inclinando la cabeza la dejó reposar suavemente sobre él. Éste buscó su mano y la estrechó, ella devolvió el gesto. Miró de nuevo hacia el hombre y le envió una sonrisa triste, muy triste. Levemente movió la cabeza apoyada en signo imperceptible de negación. El hombre apretó los labios, subió las cejas e inclinó hacia un lado la cabeza. Era una respuesta de resignación. Había captado el mensaje gestual de la mujer. El adiós. El hombre respiró hondamente, continuó con los labios apretados por unos minutos que a ella le lucieron interminables. Se levantó bruscamente y se encaminó hacia la mesa donde la mujer permanecía de pie… ella palideció de terror sin saber qué iba a hacer él . Éste pasó a su lado, rozándola con fuerza. Se detuvo levemente diciendo: -“Mis disculpas, señora. Mis disculpas. Y continuó con premura su camino hacia la otra salida sin esperar respuesta.

Ella sintió que las lágrimas corrían hacia adentro e inundaban el interior de su cuerpo. Apenas se humedecieron sus ojos que se hicieron más brillantes. Respiró con fuerza para eludir un sollozo. El sol, que había estado iluminando como casi todos los días, oscureció de pronto, el recinto quedó en penumbra, ella escuchó las voces de todos como si vinieran de muy lejos, atravesando un recipiente metálico. Sintió un gran desconsuelo, una congoja infinita... un sentimiento de pérdida que no podía describir con precisión. Se interrogó en silencio: -“¿Estoy renunciando a un sentimiento… o a un deseo? No lo sabré nunca…

martes, 16 de octubre de 2007

CAMBIO CLIMÁTICO



Visitando el blog de mi amigo Genín (http://miherenciablogspotcom.blogspot.com/) encontré en su penúltimo post una sugerencia a comentar algo sobre la defensa del medio ambiente.


Se me ocurrió escribir un relato basado en una película que vi hace muchos años. El relato Planeta verde lo colgué en el blog de mi amigo Santiago (Amor) (http://tenasantiago.blogspot.com/) quien hace unos días muy generosa y gentilmente me invitó a compartir con él y otros amig@s su estupendo espacio. Gracias a Genín por la idea y a Santi por el lugar. Los espero allí. Un fuerte abrazo para todos y pongamos nuestro pequeño esfuerzo en defensa del único mundo que tenemos. ¡CIAO!


jueves, 11 de octubre de 2007

MEMORIA DE CASANOVA MODERNO





Esa mañana de domingo, ya casi mediodía, luminosa y deliciosamente cálida, fue propicia para que la mirada de la memoria se tornara hacia el tiempo ¡Aquel tiempo! durante el cual ingresé a tu vida. O, más bien, tú ingresaste a la mía, porque mi presencia en tu mundo, en tu quehacer de todos los días, en tus expectativas y en tus sueños no fue significativa, no dejó huella ni cambió rumbos, no influyó para nada en ti, ni en algo que tuviera que ver contigo. En cambio tú… Tú sí fuiste determinante para mis días de entonces:

Venía de los brazos de un Otelo tropical atormentador de mis momentos durante casi cinco años. Cinco años de terror cotidiano, amaneciendo sin saber qué podía depararme la jornada y sin querer despertar en las noches por la incertidumbre de la siguiente… Aquel Otelo esbelto, de perfil helénico rival que pudo ser de algún dios del Olimpo. Su apostura era directamente proporcional a su incultura: cuanto más apuesto parecía más se evidenciaba su limitada instrucción, de escasa escolaridad. Pero la juventud, irreflexiva, no supo calibrar esas carencias y sucumbí ante el formidable ejemplar de varón que ¡OH, dicha! había puesto sus ojos en los míos distinguiéndome con su afecto y su pasión, entre un grupo de féminas quienes, igual que yo, suspiraban lánguidamente por una mirada de sus ojos profundos.

Sus celos irracionales convirtieron su apostura en una sucesión de días aciagos y de congoja infinita. Cuando tal vez estaba a punto de convertirme en una Desdémona de pelo corto, las circunstancias me llevaron a compartir contigo un lugar de trabajo. Joven, a escasos años de haber logrado dos licenciaturas y una maestría, director de un importante departamento de una igualmente importante empresa, eras el prototipo de hombre exitoso. De estatura mediana, ojos pequeñitos de color indefinido, labios irregulares compitiendo con la dentadura. Ningún rasgo destacado o especialmente atractivo… En resumen, un caballero insignificante desde el punto de vista físico.

¿Qué influyó para que te obsequiara con mi simpatía, primero, y luego con mi amor. ¿Fue acaso tu sonrisa? Tal vez esa sonrisa encendía un rostro común y de escasos encantos ocultando la nula belleza de tus labios que, no obstante, eran capaces de pronunciar sentencias profundas, tanto como delicadas y cautivantes expresiones lisonjeras. Tus ojos, poco atractivos, se me antojaron zahoríes cuando me miraban con fijeza preludiando un piropo turbador o una frase de apariencia inocente cuya intención velada descubría llena de vanidosa satisfacción.

Recuerdo tu primera invitación. Dimos un largo paseo por pueblitos aledaños a la capital. Esos caseríos o pequeños poblados conservadores, llenos de sabor antiguo y de ingenua sencillez. Durante la jornada desplegaste todas tus dotes de seducción, lisonjeándome con citas de ilustres escritores y con locuciones latinas, solemnes en tu boca imperfecta. Una dulce felicidad, desconocida u olvidada por mí en el fragor de las amargas circunstancias recientemente dejadas atrás, me proporcionó la suavidad de tu voz, susurrante melodía de palabras que, como música de violines o de cítaras, acariciaban mis oídos cansados de reproches y amenazas.

Varias veces fuimos alegres y enamorados paseantes por bosquecillos y praderas. Y cada vez más tus dotes de consumado amador envolvían mi ingenuidad y mis anhelos de dicha sosegada. Me sentí emperatriz de algún reino remoto, donde mis súbditos creaban para mí magníficas estrofas, enalteciendo con singulares loas mis dotes personales. Recuerdo haberte dicho en una ocasión que te estaría perennemente agradecida por haberme devuelto la fe en el amor y salvado de las garras de aquel abominable Otelo.
Añadí: -Puedes pagarme en el futuro con una felonía, mas, valoraré por encima de cualquier otra circunstancia la paz y la ventura que me estás proporcionando hoy-.
Algunas oportunidades tuviste, más adelante, para recordarme con tenacidad aquella promesa. Sobre todo cuando las tuyas fueron empañándose con tus muchas deslealtades. Ciertamente, no pasó tanto tiempo antes de descubrir que tus favores no me pertenecían. No era yo la dueña exclusiva de tus afectos. Allí estaba la chica de hermosos ojos azules y lacio pelo rubio, de imponente figura mancillada por un zapatón, calzado de un pie, que intentaba rasar el desnivel de unas piernas, bien torneadas, sí, pero de diferentes longitudes, producto de un error genético que condenó a la bella joven a una vida frustrada y llena de complejos. Ella, para sí, también había sentido la engañosa ilusión de ser la única poseedora de tus desvelos, sin saber, al principio, que estaba tu primita primorosa, ingenua, dulce y bonitica ante cuya sencillez no pudiste reprimir tus instintos de conquistador contumaz, y quien claudicó también a tus frases rebuscadas, extraídas de las miles de obras devoradas, según decías, en tus noches de insomnio.

La intelectual poco femenina, acusada de ser seguidora de Lesbia en corrillos y chismorreos. Mujer autosuficiente y decidida, dueña de una enorme capacidad para la organización y a quien nadie imaginaba arrobada bajo las frases y caricias de tu persona. Ella, más que ninguna otra, como bien lo sabes, fue víctima de tu desbocado afán de conquista de corazones femeninos.
Y la dama sesentona, poseedora de un importante porcentaje de acciones de la empresa, tres veces viuda, delgada, elegante, con el cutis marcado por innumerables surcos, de pelo entrecano siempre deliciosamente peinado, de gestos lánguidos y displicentes, actitud sofisticada, riendo suavemente y con leve picardía cuando tú la obsequiabas con una de tus ya famosas frases y la seducción de tus gestos. Ella también entró a formar parte de tus trofeos amorosos.

De todo aquello me fui enterando poco a poco. Profundamente herida me sentí cuando descubrí, en el asiento de tu lujoso automóvil, un pendiente que de inmediato identifiqué como pertenencia de la joven del zapatón. Muchas lágrimas me costó esa realidad, enfrentada de pronto, sin sospechas previas. Quise herirte con mis reproches y torturarte con palabras ofensivas… pero, recordé mis días de Desdémona inconclusa y, por fortuna para ambos, decliné la posibilidad de la venganza. Oculté, con paciencia, mis exacerbados celos y me hice forzadamente indiferente, hasta que me acostumbré a ello. Por eso, no fue tan doloroso el conocimiento de tus siguientes conquistas. Seguí amándote, pero ya con la convicción de que mi amor era la medida del tuyo, en consecuencia, aquél se tornó esporádico, es decir, te amaba en tu presencia, cuando tú me amabas y disfrutaba tus lisonjas, tus besos, tus caricias, durante los momentos que eran nuestros y no compartíamos con nadie. Sabía que en esos instantes me pertenecías porque no eras capaz de entregar tus pensamientos a otra pues, solamente te interesaba asegurar la constancia de quien en ese momento seducías. Del mismo modo que me olvidabas totalmente cuando en tus brazos gemían tu primita, la señora sesentona, la falsa lesbiana o la chica del zapatón.

Pero un último y aleccionador dolor me causarías. Fue cuando te acompañé en un viaje de negocios, junto a otros importantes directivos de la empresa. En el destino final estaba una secretaria, seriecita, vestida discretamente como exigía su posición laboral y con innegables encantos físicos, aminorados por los requerimientos de su condición. Ocupó una pequeña habitación contigua a la mía, compartida con la auditora de la firma, señora de grueso talante, rebasando la sexta década de vida. A ella confesó, emocionada, estar viviendo el día más feliz de su vida, porque había conquistado tu amor en menos de dos días compartidos y le habías ofrecido matrimonio para cuando estuviese concluido tu divorcio. Un divorcio inexistente, pues aún no habías caído en las redes del matrimonio.

Escuchar tras las paredes tal confesión, la cual no debió sorprenderme, me causó un profundo sentimiento de indefensión. Me sentí desterrada de tus afectos y de tu atención, lejos de mi heredad y lugares donde podía sentirme segura. El extrañamiento de tu persona que me impusiste, sin ninguna piedad, me lastimó tanto que no pude evitar el llanto pertinaz y lloré desconsoladamente durante algunas horas. Al atardecer, tuve que bajar de mi habitación para compartir una pequeña celebración del grupo. Me vestí con mis mejores galas y me sentí atractiva, segura de mis encantos personales. Tuve, sin embargo, que recurrir a mis anteojos de sol para ocultar las huellas del llanto. La montura blanca sobre los lentes oscuros contrastaba con mi atuendo de seda negra, sencillo y elegante, otorgándome una apariencia misteriosa y cautivante que no te pasó inadvertida. Estuviste algo nervioso, indeciso entre si continuar tu asedio amoroso a la secretaria o volver hacia mí tus galanteos.

Me detuve en el balconcillo y pasé la mirada con lentitud por la alegre concurrencia que disfrutaba en el salón inferior… Allí estaba también, elegantísima, la dama tres-veces-viuda, haciendo gala de sus encantos otoñales y luciendo un espléndido traje firmado por un conocido modista internacional. No me sentí disminuida. Al contrario, mi juventud y mi elegancia contra su elegancia y su vejez. El resultado era obvio. Tu mirada la ignoraba e iba de la secre hacia mí y desde mí hasta la secre… Finalmente, te decidiste por esta última que te hacía señas desde un grupo en animada conversación. Bajé lentamente la escalinata sabiendo que muchas miradas se posaban en mí con admiración y que ello te producía, con seguridad, un escozor de impaciencia al no poder demostrarles a todos que yo te pertenecía, que era una de tus conquistas. Una última lágrima intentó asomarse a mis ya irritados ojos. Logré contenerla. Me di cuenta de la alegría que reinaba en el ambiente, del disfrute de la concurrencia del cual yo estaba exiliada. Percibí el estado de exuberante exaltación de la secretaria, lindamente ataviada, para ser justa. Tomé la decisión de integrarme a la celebración y disfrutar de ella sin sentimientos de culpa, pero también sin rencores. Me dije a mí misma que la secretaria era otra víctima inocente, cuya infelicidad estaba próxima después de haber caído en tus brazos. Que mis lágrimas estaban sobrando, igual que cualquier resto de ira anidado en mi corazón. Si ya te conocía, si ya tu condición me era familiar ¿Por qué privarme del disfrute que otros compartían? ¿Por qué no participar, como todos, de la alegría conjunta? Si hacía tiempo había decidido que mi amor sería la medida del tuyo ¿A qué lamentarme, entonces? Si amabas a una nueva conquista, Casanova irremediable ¿Qué sentido tenía mi tristeza?

Llegué, finalmente, al salón, luciendo una espléndida sonrisa en mi rostro; varios jóvenes se me acercaron ofreciéndose a escoltarme hasta el centro de la sala. La noche se hizo hermosa. Descubrí que estaba viva y que la vida me sonreía. No tenía motivos para la congoja.

Bailé en brazos de varios caballeros, algunos de ellos bastante atractivos y junto a los cuales tu aspecto de hombre mediano hacía resaltar su gallardía, pero ninguno competía con tu capacidad para la conquista fácil y la lisonja oportuna. La feliz secretaria tuvo que resignarse a compartirte con otras damas, incluso con la tres-veces-viuda, quien no escatimó oportunidad para retenerte a su lado. Mientras, yo disfrutaba con una alegría que comenzó siendo impuesta y progresivamente se fue integrando a mi sentir hasta convertirme en una persona sinceramente alegre, dichosa y sin rastro alguno de desengaño o de aflicción.

Así terminó nuestra historia. Nos seguimos viendo durante mucho tiempo, compartiendo el lugar de faena. Al comienzo quisiste volver a conquistarme y yo, tal vez lisonjeada por ello estuve a punto de reincidir, no obstante logré la fortaleza suficiente para declinar con delicadeza tus favores. Nos hicimos amigos. Entrañables. Muchos años de amistad nos han unido. Como prometí tiempo atrás, te sigo agradeciendo el haberme rescatado de los brazos de Otelo. Tú continuaste ejercitándote como un Casanova moderno. Al final te casaste con la falsa lesbiana. A ella, quien se llevó el trofeo de llamarse tu esposa, le diste una vida terrible, llena de amantes indiscretas y propensas a molestarla. Ella, quien te ha soportado todo y no ignora nada, ni siquiera nuestra antigua relación, conlleva resignada tus infidelidades, tus borracheras, tu vida de bohemio impenitente. La llenaste de hijos, para que no tuviera tiempo de vigilarte, aunque no creo que sea muy inclinada a hacerlo. Decidió desentenderse, no saber o ser quien todo lo excusa porque tú eres así y así te aceptó. Fue una postura aparentemente cómoda; sólo Dios sabe cuánto dolor le habrá costado.

Casanova moderno, finalmente te llegó la vejez aunque no la madurez. Continúas persiguiendo jovencitas, mujeres maduras, ancianas. Algunas todavía caen en tus expertas manos de Don Juan decadente, escuchando algún verso de El cantar de los cantares o los poemas de amor de Pablo Neruda… también recitándoles poemas tuyos, siempre los mismos, que tú les aseguras son inspirados por ellas… ¡Quién sabe cuántas cajitas perfumadas y forradas con floreados tafetanes guardan celosamente, en una hoja arrancada de prisa y escrito de tu puño y letra, un único poema dedicado cada vez a una mujer diferente…!


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domingo, 7 de octubre de 2007

LOS GATOS



No pensaba escribir un nuevo post todavía. Esperaba la llegada de la inspiración (o la necesidad). Ambas llegaron juntas de la mano de Gustavo Misle Giraud (http://gustamis.blogspot.com/ *. Viene dado (el post) por la necesidad de agradecer a Gustavo su inesperada gentileza al dedicarme un post poético en su rincón, al tiempo que ese hecho motivó mi inspiración por la alusión (en texto e imagen) a esos animalitos maravillosos, extraordinarios, preciosos, etc., etc. que son ¡¡¡¡LOS GATOS!!! En la estrofa final de su post-poema dice:
"... por eso Alichín no sé si eres gato o luna."

Respondo: ambos. En primer término porque soy algo "lunática" y también "lunera": me gusta la luna en cada una de sus tres fases visibles y, cuando hay cielo límpido, me complace contemplarla largamente y descubrir, en su alrededor, las estrellas que engalanan la bóveda celeste. A veces me pregunto ¿Los seres extraterranos (porque debe haberlos en algún lugar) disfrutarán de cielos tan hermosos como los nuestros? ¿Tendrán magníficas constelaciones como la Ursa Major u Orión? ¡Misterio!! . Como consecuencia, soy fanática de los Calendarios Lunares en cualquiera de sus muchas versiones. De hecho, conservo enmarcado uno, precioso, en negro y plata, correspondiente a las diferentes fases de Selene durante el año 2000 (el último del Siglo XX). Es como una reliquia pues, nunca más habrá otro calendario de ese año (Jajaja).

En segundo lugar, soy gata (o gatófila)... En efecto, esos tiernos y preciosos animalitos casi humanos ejercen sobre mí una extraña (o natural) fascinación. No puedo ver uno sin que sienta la inmediata necesidad de acariciarlo y hacerle mimos. He tenido un gato a mi lado toda la vida. No sabría vivir sin ellos. Actualmente tengo cuatro gatitos: tres Siameses (una familia: padre, madre e hijo) y una Tobby. Todos ¡Castrados! después del nacimiento del bebé siamés (Muty). Sus padres: Angélica y Tomate. Éste se llamó inicialmente Tommy, de ahí Tomito y luego creció y engordó tanto que Tomito devino en Tomate ("Tomate, Tomate, color chocolate..."). La gatita Tobby se llama Kafú (es "Larulce, larosa, la sosita..."). No voy a extenderme en consideraciones sobre los gatos. Sólo añadiré que tienen un lenguaje muy rico, consistente en dieciséis (16) sonidos diferentes, cada uno con su específica significación. Creo que he llegado a comprenderlos al menos en un cincuenta por ciento (50%). También utilizan el lenguaje gestual ¿Cómo así? diría un colombiano. Bueno, explicaré: A veces, cuando no les gusta una comida, la huelen con gran detenimiento, luego dan vuelta a su cabecita y me miran, un poco amoscados y, luego con su patita derecha (porque todos son diestros) hacen el gesto de enterrar la comida como si estuvieran enterrando el propio escremento. Conclusión: Entiendo. Me quieren decir que: ¡Esta comida es una mierda!! (Pido disculpas por la expresión escatológica pero ¡Eso es lo que quieren decir!!). Para finalizar mis consideraciones gatunas añadiré que los gatos, como compañeros de los humanos, son excelentes amigos (es mentira que son infieles y traicioneros): se angustian y sufren con el llanto de sus amos, les obsequian el fruto de sus cacerías (aunque esto pueda llegar a ser patético para el humano), son cariñosos, mimosos, independientes y... ¡eso sí! ¡Nunca nos pertenecerán! ¡Somos nosotros quienes les pertenecemos! Somos SUS HUMANOS, NOSOTROS SOMOS LAS MASCOTAS DE ELLOS. Por eso, nos tiranizan y nos obligan a hacer lo que ellos quieren que hagamos. Siempre se salen con la suya. Nos divierten con sus juegos y sus posturas y, como ya expuse más arriba, se hacen entender a las mil maravilla. Es más, se expresan mejor que muchos humanos que conozco quienes, en la actualidad, ocupan cargos ¡elevadísimos! y suelen "rebuznar" (con el perdón de los simpáticos asnos) en cuanta tribuna internacional encuentran y, con bastante frecuencia, ante cualquier micrófono que se les ponga al paso... (Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia).

Para cerrar este post nada mejor que entregar a mis posibles lectores el hermoso poema de Charles BAUDELAIRE, Les chats (la incluyo en versión original y en traducción**):


LES CHATS


Les amoureux fervents et les savants austères
Aiment également, dans leur mûre saison,
Les chats puissants et doux, orgueil de la maison,
Qui comme eux son frileux et comme eux sédentaires.

Amis de la science et de la volupté,
Ils cherchent le silence et l'horreur des ténèbres;
L'Érèbe les eût pris pour ses coursiers funèbres,
S'ils pouvaient au servage incliner leur fierté.

Ils prennent en songeant les nobles attitudes
De grands sphinx allongés au fond des solitudes,
Qui semblent s'endormir dans un rêve sans fin;

Leurs reins féconds sont pleins d'étincelle magiques,
Et des parcelles d'or, ainsi qu'un sable fin,
Etoilent vaguement les prunelles mystiques.



LOS GATOS

Los amantes fervientes y los sabios austeros
aman igualmente, en su madura estación,
los gatos poderososs y dulces, orgullo de la casa,
que como ellos son frioleros y como ellos, sedentarios.

Amigos de la ciencia y de la voluptuosidad,
buscan el silencio y el horror de las tinieblas;
Erebo los habría tomado por sus corceles fúnebres,
si pudieran a la servidumbre inmolar su fiereza.

Toman al soñar las nobles actitudes
de grandes esfinges alojadas al fondo de las soledades,
que parecen adormecerse en un sueño sin fin;

Sus lomos fecundos están llenos de chispas mágicas,
y de partículas de oro, así como de una arena fina,
destellan vagamente sus pupilas místicas.

Nada mejor que la grandeza poética de BAUDELAIRE para describir la grandeza de los gatos.

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* Agradezco a mis amigos visitar el rincón de Gustavo, para que aprecien el lindo homenaje (inmerecido) que me dedica en él.

** En: Charles BAUDELAIRE. Obra completa en poesía. Barcelona, España. Ediciones 29, 1974. Edición bilingüe. Traductor: Enrique PARELLADA. pp. 184-185.